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martes, 27 de diciembre de 2011

Profesionales del pedir o ¿ personas necesitadas ?

Como se ha puesto el caminar por la calle, continuamente es uno perseguido por tantas personas de idiomas distintos, de apariencias lastimosas, es un grito lastimero el que se escucha, todos piden para sobrevivir pero ¿como reconocer el que verdaderamente necesita ese pequeño alivio para su estomago? llego a casa tremendamente cansado y fatigado, pero no puedo quitarme de la cabeza las imagenes vividas mujeres con bebes en su cuello llorando lastimosamente, gente en los semáforos que te indican que les des una moneda, mientras otros acampan en el parque mas proximo, han huido de sus paises buscando salida a su misera vida han venido al primer mundo para poder reafirmarse como seres humanos con todos los derechos que ello implica, pero se han encontrado con otra forma de miseria la que traían y la de la indiferencia de todos.¿pero como saber quien es el que necesita de verdad ayuda?.
Quiero compartir un relato de Arturo Perez Reverte  que habla sobre mendigos.

 El otro día un concejal de no sé qué habló de mendigos y mendigas. Ya hasta la miseria real o presunta debe ser socialmente correcta. Y está bien ponerla al día, la verdad, porque últimamente todo cristo pide algo por la calle. Como antes, pero más. Estás parado en una esquina, sentado en la terraza de un bar, caminas por la acera, bajas las escaleras del metro, y siempre hay alguien que te pide una moneda. Los hay que abordan con tacto exquisito -«si es usted tan amable»-, que lo plantean como un favor puntual -«présteme para el autobús»-, los que se curran el registro del colegueo -«dame argo que ando tieso, pa mí y pal perro»- y diversos etcéteras más, incluidas las rumanas de los semáforos, que no te las quitas de encima ni atropellándolas, y esas Rosarios de rompe y rasga que, cuando rechazas la ramita de romero, te llenan de maldiciones y desean que te salga un cáncer en mal sitio, por malaje. También vuelve un tipo de mendigo que parecía extinguido: el que enseña los muñones como en tiempos de Quevedo, sólo que ahora suele tener acento eslavo o de por ahí. Aunque uno al que veo mucho en la puerta del Sol no sé qué acento tiene, porque va por la calle Preciados con los muñones de los dos brazos al aire y un vasito de máquina de café cogido con los dientes para que le pongan las monedas, soltando unos gemidos infrahumanos que hielan la sangre.