Es prácticamente imposible ver a algún miembro del gobierno participar en los actos de campaña electoral. Ni a ellos ni a su Presidente, también desaparecido de la escena pública. Y la lectura que cabe hacerse de ello no beneficia en absoluto al candidato socialista. El mismo ha formado parte activa de ese gobierno que ahora se empeña en esconder, quizá porque con ello pretende tapar el recuerdo de las carencias en su gestión. Pero eso es tanto como admitir que lo que se ha hecho esta última legislatura es tan malo como para ocultarlo por completo; de ahí que sea mejor esconderlo.
En su lugar, Felipe González, con su versión más “mitinera”, que no es precisamente su mejor imagen. Algo muy respetable, por otra parte, por cuanto el ex presidente es una figura importante dentro de su partido y aún tiene tirón. Pero haciendo un ejercicio de memoria, tampoco los años de felipismo -en especial los últimos- fueron brillantes: casos gravísimos de corrupción, un desempleo elevado y una seguridad social casi quebrada. Con todo, su talla como estadista le coloca a años luz de José Luis Rodríguez Zapatero, cuyos índices de popularidad están ahora bajo mínimos.
Pero nada de ello justifica su ocultamiento. Ni el suyo ni el del resto de miembros de su gabinete. Se da el contrasentido, pues, de un candidato que habla de la memoria histórica pero se olvida del pasado más reciente, el suyo. Un pasado que cuesta mucho desvincular de un hipotético -e incierto- futuro. El señor Rubalcaba, con su lado sombrío, como no podía ser menos tras largos años de trabajo, tiene una notable hoja de servicios al Estado. Su problema y responsabilidad -como la de todo su partido- está en explicar cómo ha sido posible que personajes tan insolventes hayan llegado a la jefatura de un partido tan importante como el PSOE y, desde ella, a la del gobierno de la nación, con las consecuencias que están a la vista. Liquidar el asunto refugiándose en la coartada de la crisis internacional sería mala cosa para el partido socialista y peor para el país.